Parque provincial del Aconcagua
Para hacer el viaje de Salta a Mendoza, 18 horitas, compré como de costumbre billete de la categoría barata, para mezclarme con el “proletariado”. Aún así, un viaje en esta categoría es infinitamente más cómodo acá que en el más moderno de los buses españoles. En esto nos llevan una ventaja enorme. Pero cuál fue mi sorpresa cuando me vi rodeado de una multitud de bolivianos (gente maja, sin duda, aunque fue en su fiesta en BsAs donde me robaron…). El bus venía desde Jujuy pero ellos ya venían viajando desde Bolivia. El colectivo presentaba un aspecto deplorable y eso que sólo llevaba una hora de viaje, pero era normal, porque eso no era precisamente un viaje normal, si no más bien parecía una migración en toda regla. Resulta que era gente que viajaban a Mendoza a trabajar en la fruta, y claro como iban a estar varios meses llevaban toda la casa a cuestas, incluídos todos los niños que la naturaleza había tenido a bien traer a su mundo boliviano. Por entre las piernas de la gente aparecían inmumerables niños gateando igual que si fueran pequeños felinos que pasan su lomo por tus piernas en busca de alguna casual caricia. Eso sí, al igual que los mininos, eran silenciosos, muy silenciosos. No lloró ninguno en toda la noche, y eso que había decenas de ellos. Está claro que aunque muy pequeños, ya estaban curtidos en estas aventuras.
Supongo que el que a punta de mañana hubiera un control policial entraba dentro del guión. Nos hicieron vaciar todo a todos. Miraban hasta dentro de los botes de champú, con una seriedad y frialdad algo acojonadora. Cuando mi mochileta estaba ya frente al guardia de la derecha, recordé que mi bolsita de hojas de coca que me sobraron de mis insensateces montañeras de Cachi, estaba en esa mochila. Pero ya era tarde. El tipo me vació prácticamente todo, pero… la bolsita con las hojas no la encontró! Soy un tipo con suerte, no me cansaré de recordármelo.

Al final no encontraron nada a nadie, aunque luego me confesaron mis compañeros de viaje que algunas cosas se habían quedado amagadas arriba dentro del autobús…
Por cierto que la comunicación con esta gente no era fácil. Hubo un rato que como no entendía nada, me preguntaba si estaban hablando en quechua o en qué incomprensible dialecto o lengua, y cuando les pregunté me dijeron sorprendidos que hablaban en castellano… Sigo pensando que me estaban tomando el pelo. Pero sí que es verdad que se percibía un nivel cultural bajísimo. El abuelo que iba a mi lado (tendría cerca de 70, era el abuelico de la prole de al lado) no pudo jugar al bingo con el que nos obsequió el personal del autobús, porque no entendía los números cuando los cantaban. Y no tengo claro que siquiera los supiera leer en el cartón.
El viaje no me deparó más sobresaltos y ya en Mendoza encontré una combinación para ir en la siguiente hora directamente hasta Penitentes, el pueblín muy cerca del Parque del Aconcagua, en el que había un albergue; y allí que me fui. El nombre del albergue “Campo Base”, prometía bastante. De hecho, la chica que se encargaba de ello me prometió para por la mañana toda la información que me hiciera falta.
Mi intención era acercarme lo más posible al Aconcagua, ver de cerquita ese lugar mítico donde destalentados como Garrido han vivido historias tan sobrecogedoras como las que nos regaló en el blog Morigán. Así que tras el desayuno pasé a la sección preguntas y directamente le pedí un mapa topográfico de la zona a la chica. No tenía, ni topográfico ni de ninguna otra naturaleza. La cosa empezaba a pintar mal. Le pregunté si en los pocos comercios que había alrededor podría encontrar, y me dijo que quizá en uno de ellos. Allí que me fui y sí, tenían uno escala 1:100.000 y otro 1:50.000. El primero era suficiente y cuando fui a pagar el tipo me pidió 35 pesos. Un robo sin duda. No voy ahora a explicar detalles económicos, pero claramente me estaba atracando. Esto lo confirmó luego la chica del albergue cuando se lo conté. Pero quizá lo que más me jodió, debo admitirlo (pasar este tiempo en tierra de psicoanalistas tiene que servir de algo), es que el tipo era un jovencito más alto que yo, de larga melena rubia y ojos azules… qué bueno estaba el hij… Qué me engañen se me hace duro pero que encima lo haga un tipo así… Bueno, necesitaba el mapa y lo compré, pero le dejé claro que sabía que me estaba engañando.
Cuando extendí el mapa sobre la mesa del albergue y llamé a la chica para pedirle consejo orientador, percibí cláramente cómo se le aceleraba el corazón, daba un paso atrás y dijó nerviosa “uy, yo con los mapas me pierdo”. Para evitar suspicacias femeninas, diré que al lado estaba un chico también del albergue que estaba a prueba esos días y cuando vio aquello se alejó disimuladamente dejando claro que tenía tanta idea de mapas como la encargada… Así que ante tal panorama, me limité a pedir la información de los horarios del colectivo para acercarme hasta el parque y me fui de “Campo Base” lo antes posible para no seguir perdiendo el tiempo.
Al final decidí ir andando hasta el parque3, porque apenas estaba a 10Km y en la recepción, con el imponente Aconcagua al fondo, obtuve la información que necesitaba. La pego aquí, que siempre puede ser interesante.

Yo quería hacer una caminata de 1 día (ahora, no sé por qué, todos le llaman “trekking”. En los tiempos en los que nos inciábamos en esto nadie hacía trekking, simplemente nos ibamos a hacer una caminata o una excursión, ¿verdad morigán?), así que la cosa me iba a costar 30 pesos lo cual era razonable, unos 7 euros. El que quiera ir hacer algo serio, ahí tiene las tarifas.
Como ya había gastado medio día en la busqueda de información, dejé la caminata Aconcagüesca para el día siguiente y me volví a ver si podía subir a algún monte cercano para saciar mis ansias montañeras.
Y yo no sé qué defecto de fabricación tengo, que cuando me encuentro con pedregales algo me impulsa a abandonar la comoda senda y aventurarme por esos andurriales. Una vez más, sin talento. Admito que lo pasé mal a ratos, total para subir a unos 3.600 m. escasamente, pero no lo podía evitar, sólo sabía tirar para arriba tragándome todas las piedras. Cuando llegué a lo que había marcado como destino, me senté a disfrutar de la vista y a tocar la quena que me había comprado en Salta. No es fácil tocar una quena, de verdad. En aquella soledad, sentado sobre una piedra y sin testigos que pudieran hacerme enrojecer, sentía una profunda vergüenza al escuchar aquellos ocasionales gemidos que emitía la caña esa. Tal debía ser mi despropósito musical, que un animal acudió ráudo y supongo que perplejo por lo que oía, a proteger su hogar. Suerte que acerté a ver al bicho con el rabillo del ojo y dar un salto:
era esa araña de medio palmo (sólo las he visto así en las películas) que se dirigía a toda leche hacia la piedra en la que estaba que tapaba el agujero de entrada a su hogar. Imagino que allí estaban sus crías, y supongo que acudía a cobijarlas bajo su cuerpo para que no sufrieran un irreversible trauma infantil. Decidí marchar, no fuera que hubiera más familia por allí cerca y la liaramos…
Al día siguiente emprendí mi ruta hacia el Aconcagua. En realidad ya me habían explicado que sólo podría hacer un ligero acercamiento hasta una altura relativamente baja, algo menos de 4.000. Allí está todo regulado, no te permiten ascender más que de un campamento a otro, te obligan a ir pernoctando en ellos para que no te afecte el mal de altura. Pero un día daba de sí para llegar hasta un lugar con buena vista. La subida la emprendí con compañía. Carlos Fernando, Francés muy majo de padres portugueses al que me he ido encontrando en varios albergues, incluído “Campo base”, y que iba con una excursión organizada de tres días. Así también pude conocer a María, madrileña, y a “Elvis”, alemán (era su mote, su nombre resultaba inentiligible). Y con ellos iban 7 alemanes más que eran los que marcaban el ritmo, pero por detrás… había que subir a la velocidad del más lento. Pronto quedó claro que estos no habían ido a la montaña con la intención de andar mucho… A cada piedra le hacían una foto, y anda que no había… Para muestra un botón; ahí vemos, tras María, Carlos y Elvis, a uno de ellos de rojo fotografiando la hierba, una piedra o vete a saber qué.
Así que decidí abondonar el grupo, yo que no estaba sujeto a sus ferreas leyes, he hice una subida a una velocidad endiablada como no recordaba desde los tiempos en los que con Morigán vivíamos entrañables excursiones en los montes hispanos. No apareció el mal de altura, ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed. Fue espectacular, como si tuviera de nuevo 20 años. Fui feliz.
Esta es la primera zona de acampada, donde hay que pasar la primera noche. Como sólo iba a estar ese día, me dejaron seguir un rato más. Por el camino me fui encontrando sorpresas como este micro-glaciar. No es el Perito Moreno, desde luego, pero era bonito.
Y a unos 4.100 m., desde la “playa roja”, pude obtener esta visión de la pared sur del Aconcagua. Joder, hay gente que sube por ahí, habiendo una ruta más sencilla por detrás por la que no tienes que escalar.
Leí en recepción que si vas a hacer la pared sur, tienes que firmar un papel en el que liberas de toda responsabilidad a la gente del parque y que si tienen que ir a rescatarte vas a pagar de tu bolsillo hasta la última gota de sudor que empleen en encontrarte (si te encuentran). Cuentan, que cuando llega el verano, y si aprieta el calor, en una parte del glaciar que se ve en la foto van apareciendo los cuerpos de dos brasileños que hace unos pocos años se quedaron ahí… Se ve que la familia prefirió la opción romántica de que descansaran en el monte antes que hipotecarse de por vida.
Y esta es la vista desde la entrada al parque cuando ya me marchaba.
Foto nostálgica mientras le decía “hasta pronto”.
28 de Noviembre, 2007 - 9:09
Vaya peazo montañas, es impresionante, y tu relato, como siempre super interesante, no se puede evitar leerlo del tiron.
Nuestras excursiones, como tu dices, eran juegos de recreo al lado de esto. Tan solo la subida al monte Perdido en pantalon corto y con nieve hasta la rodilla, se le acerca un poco (que inconscientes eramos !!!)
28 de Noviembre, 2007 - 16:11
Las fotos muy chulas.
Pero el fotógrafo mira que dejarse dentro de la mochila las hojas de coca. Tienes mucha razón, eres una de las personas mas afortunadas que conozco y también decir que solo tuviste una poco de mala suerte…conocerme a mi.
29 de Noviembre, 2007 - 10:52
Jolín dutty, no será para tanto!!! Dónde está esa autoestima hombre!!! Recuerda que TÚ tienes que ser la persona más importante de TU vida (para que luego puedan serlo los demás, claro).
Pero respecto a la fortuna del amigo, en eso te doy toda la razón. Creo que estos 5 meses de pedazo de experiencia no se pagan con nada…
Qué bonitas fotos JL, me ha encantado el glaciar, nunca he visto uno en directo y me encantaríaaaaa…
Una petición, me encantaría que algún día nos hicieras en el blog un balance personal de estos 5 meses, no ya de todo lo que has visto, sino de lo que has aprendido a nivel personal, de ti, de la vida en general…tus conclusiones existenciales, que seguro que las ha habido…y sobre todo ¿encontraste lo que buscabas?…
30 de Noviembre, 2007 - 6:52
Ya, Dutty, tienes razón, uno no siempre lo puede tener todo, jaja.
Jo, Ladyh, cuánta trascendencia me pides, jajaja. Supongo que todo lo que he ido escribiendo es suficiente balance personal de lo vivido, creo que me he puesto en pelotas en muchos momentos. Aún así, sí que pensaba hacer una última entrada de “Despedida y cierre”, y aunque no pretende ser un balance, imagino que de alguna manera servirá también para eso. Pero vamos, no pienso enrrollarme mucho, que igual pierdo el avión. Hostias, perder el avión, suena bien…
30 de Noviembre, 2007 - 18:14
Pos ná JL, mi gozo en un pozo… Tá claro que tendré que realizar yo misma ese viaje para responder a mis preguntas…